A sus 17 años, Nahuel Cornejo representa a la Argentina tanto en beach vóley como en beach handball. Sin embargo, detrás de las medallas, las convocatorias al CeNARD y los podios sudamericanos, habita un joven viedmense que cursa su último año de secundaria, sueña con estudiar Kinesiología y reconoce que cada logro en la arena lleva la huella imborrable del esfuerzo familiar.

En el alto rendimiento deportivo, el talento abre puertas, pero la disciplina y el sostén afectivo construyen la permanencia. La trayectoria de Nahuel Cornejo es un fiel reflejo de ese engranaje. Hijo de dos profesores de educación física —Mauro y Natalia—, su vínculo con el deporte nació a los seis años en los gimnasios locales. Lo que comenzó como un juego infantil se transformó con el tiempo en una carrera dual de proyección nacional e internacional.
El doble recorrido: del salón a la albiceleste
El camino hacia la elite nacional comenzó en el vóley de salón y el beach vóley a los 10 años. Representando a Río Negro, las actuaciones de Nahuel en los torneos argentinos le abrieron las puertas a las concentraciones en el Centro de Alto Rendimiento Deportivo (CeNARD) en Buenos Aires. Tras coronarse campeón argentino con el seleccionado rionegrino, integró el seleccionado nacional de beach vóley, disputando dos torneos Sudamericanos y un Mundial. En uno de esos certámenes continentales logró la medalla de bronce tras derrotar a Brasil.
«De mi lado fue algo muy emocionante porque era algo impensado. Por ahí ves a mucha gente dentro de las selecciones que son de provincias como Buenos Aires, Córdoba, Mendoza o Santa Fe… De la Patagonia es muy difícil llegar a una selección argentina por la distancia con ese nivel», reflexiona Nahuel.
A la par de su desempeño en la arena con la red alta, el viedmense descubrió a los 14 años una segunda pasión: el beach handball. Incorporado a la estructura de la selección nacional de la disciplina, recientemente integró el plantel argentino que se consagró campeón en un torneo internacional amistoso frente a Chile, donde además fue distinguido como el mejor lateral izquierdo del certamen. Su horizonte próximo contempla una nueva citación al seleccionado de handball para disputar el Centro-Sudamericano en Perú, clasificatorio al Mundial.
La cotidianeidad entre el estudio y la arena
Lograr el rendimiento de elite mientras se atraviesa el quinto año en la Escuela Secundaria Rionegrina N° 8 exige una ingeniería de tiempos estricta. La rutina diaria de Nahuel comienza a las 7:30 de la mañana en las aulas y se extiende por la tarde entre el cajón de arena de Sol de Mayo, el anexo municipal, el gimnasio de pesas y las pasadas físicas.
Esa misma exigencia traslada una mirada clara sobre la formación deportiva:
«Siento que la disciplina y el entrenamiento van muy de la mano. Si entrenás pero no sos disciplinado… por ahí en un entrenamiento podés aprender cosas que te faltan y, si faltaste porque no tenías ganas, te termina afectando después».
A futuro, Nahuel proyecta continuar sus estudios superiores en la universidad local para cursar Kinesiología, una vocación que nació a partir de sus propias sesiones de rehabilitación física.
El valor de las raíces y el esfuerzo compartido
Más allá de las tácticas y las marcas físicas, el momento más emotivo del mano a mano se centra en la contención familiar. Nahuel no concibe sus logros deportivamente en soledad; reconoce que cada viaje y cada convocatoria están cimentados en el trabajo colectivo de su casa.
«Nunca me voy a quedar satisfecho con todo lo que han hecho por mí. Hay un montón de cosas que no me voy a olvidar: cuando hacíamos pollos o budines para poder salir adelante económicamente para que yo pudiera viajar a los torneos y así ser la persona que soy hoy».
El camino también implicó renuncias sensibles: perderse viajes escolares, cumpleaños y el dolor de no haber podido acompañar a sus abuelos en momentos delicados de salud debido a las exigencias del calendario deportivo. Sin embargo, la enseñanza transmitida por sus padres ante las adversidades se convirtió en su premisa fundamental.
«Mi mamá me dice: ‘Vos hacé lo que más te gusta, porque cuando hacés las cosas feliz, a mí me encanta verte feliz’. Y el consejo que me da siempre mi papá es nunca bajar los brazos, porque vivís momentos únicos e irrepetibles que no le pasan a cualquiera. Cuando no bajás los brazos, todo es posible».
Esa convicción se refleja también en la mirada de sus hermanos. Nahuel relata con ternura cómo su hermano menor, de solo 4 años, se va a dormir a su cama cuando nota su ausencia por los viajes.
En la confluencia entre el esfuerzo de una familia viedmense y la dedicación personal de un deportista de 17 años, Nahuel Cornejo demuestra que representar al país va mucho más allá de colgarse una camiseta: es el resultado de no rendirse jamás y honrar, en cada pelota, a quienes estuvieron desde el primer día.
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