En los debates contemporáneos, el lugar que le asignamos a la adolescencia parece oscilar entre dos extremos: la idealización superficial o la estigmatización punitiva. En su momento, organismos internacionales como UNICEF han sido claros al posicionar a los adolescentes como verdaderos «agentes de cambio», capaces de liderar transformaciones profundas en sus comunidades si se les brindan los espacios adecuados. En Argentina, este reconocimiento tuvo un alcance insoslayable el 31 de octubre de 2012, con la sanción de la Ley Nº 26.774 conocida como «Voto Joven», que reconoció a los jóvenes de 16 y 17 años como sujetos de derechos políticos plenos.
Sin embargo, a más de una década de aquel hecho, el discurso público parece haber retrocedido. Hoy, la agenda mediática y social se centra más en la penalización de los adolescentes que en el diseño de ejes rectores que los ayuden a encontrar un propósito.
Es innegable que la juventud es un actor político de peso. Si analizamos, por ejemplo, que el actual presidente Javier Milei consolidó su llegada al poder traccionado en gran medida por el apoyo juvenil, es lógico que la mirada esté puesta en ellos. Pero aquí radica un peligro inminente: convertir a los adolescentes en rehenes oportunistas para usufructuar su capital. El sociólogo Pierre Bourdieu (1989) nos advirtió sobre el «poder simbólico», ese poder invisible que construye la realidad y manipula percepciones. Los jóvenes no deben ser meros instrumentos de validación política, sino los destinatarios reales de proyectos que les permitan transformar su propia historia.
Esta manipulación se agrava en la era de la hiperconexión. Desde la Universidad Nacional del Comahue (CURZA), diversas investigaciones publicadas en la revista de psicoanálisis El Hormiguero advierten sobre los síntomas del adolescente en la era digital. Se señala, por ejemplo, cómo la manipulación emocional promovida a través de las redes sociales y el gobierno de los algoritmos genera una subjetividad que se aísla, produciendo un «malestar digital» que los atraviesa silenciosamente.
A este panorama virtual se le suma una realidad material ineludible. El sociólogo Robert Castel (1997) acuñó el concepto de «desafiliación social» para explicar cómo ciertos individuos son expulsados de los circuitos ordinarios de intercambio, quedando al margen del trabajo y de las redes de contención estables. Muchos de ellos han pasado por momentos durísimos y habitan realidades vulnerables que ellos no eligieron. Frente a esto, la mirada de la sociedad no puede ser la condena. Debe ser la empatía.
El verdadero objetivo de cualquier proyecto dirigido a los jóvenes debería ser uno solo: ayudarles a forjar un verdadero proyecto de vida. Ya sea a través de un oficio, el arte, o quizás un deporte que los ayude a salir del pozo donde a veces se encuentran hundidos, la meta es que descubran que las adicciones o el abandono no son más fuertes que una esperanza viva latiendo en sus corazones. Deben saber que su vida tiene un propósito maravilloso. Inspirados en el mensaje profundo de la película Corazón de caballero, debemos brindarles las herramientas para que puedan «cambiar sus estrellas». Como señalaba la filósofa política Hannah Arendt (1958), la esencia de la acción humana y política radica en la «natalidad», nuestra capacidad inherente de iniciar algo nuevo, de interrumpir el ciclo de lo predecible. En la historia, el protagonista es el hijo de un humilde techador, un muchacho nacido en una época oscura donde las jerarquías eran de hierro y el linaje dictaba la vida entera. Sin embargo, él no se resignó a la condena de su cuna. Su ascenso no fue un golpe de suerte, sino una convicción inquebrantable que requirió sudor, preparación constante y el coraje de aprender nuevas disciplinas hasta meterse en el corazón de la gente.
Esa es la verdadera épica de la transformación humana. Hoy, esta historia es el reflejo exacto de miles de jóvenes que nacen desprovistos de recursos materiales y que a diario habitan realidades vulnerables. Quizás ese adolescente hoy no cuenta con estudios formales, tal vez carece de un oficio y carga sobre sus hombros el peso aplastante de las palabras que lo menospreciaron. Pero al igual que aquel hijo del techador, cada joven tiene en sus manos el poder de tomar la decisión de negarse a ser una víctima de su contexto y no caer en redes de manipulación política. No importa el determinismo de su cuna; con acompañamiento, pueden llegar a ser todo aquello que se propongan.
Cambiar las estrellas es el acto supremo de resistencia frente a la desesperanza. Significa dejar atrás el dolor, soltar las etiquetas del pasado, dejar atrás los malos recuerdos y todo lo que les dijeron que eran. Cuando un joven decide levantarse, prepararse y luchar por un destino de superación, no solo reescribe su propio guion, sino que le demuestra al mundo que el origen nunca es destino.
Y es aquí donde la teoría debe dar paso a la acción humana, porque educar las emociones no es una moda: es sembrar, hoy, las raíces del mañana. Es por eso que hace algunas semanas escribí un proyecto para trabajar sobre las áreas socioemocionales de los adolescentes y jóvenes que denominé “Raíces y Alas”.
Por eso creo que detrás de cada adolescente que se cruza de brazos, que se ríe fuerte para no llorar, o que mira el celular para esquivar la mirada, hay una historia esperando ser escuchada. Intervenir en esta etapa no es un lujo ni una materia más, es sembrar hoy las raíces que van a sostener a cada joven en sus vínculos futuros, dándoles las alas para que decidan, con libertad y criterio propio, quiénes quieren ser.
Cuando nací, a mi mamá le dijeron que yo tenía un retraso madurativo, que no iba a poder hablar con fluidez, que mi destino era la de una escuela especial. Pero no estaba solo. Estaba mi abuela, que con su fe, su amor, su confianza y, sobre todo, su escucha, logró torcer ese pronóstico estadístico. Entre las dos me sostuvieron. Sin embargo, las sentencias no terminaron en la infancia. Muchas veces, aun de grande, me dijeron que no llegaría a nada. Me repitieron que nunca se me podía encargar nada porque todo lo abandonaba; me tildaron de «burro», me dijeron «cabeza negra», que solo hacía macanas y que conmigo nada se podía hacer. Tantas palabras, tantas sentencias diseñadas para quebrar el espíritu.
Quizás a vos también te pasó. Pero dejame decirte algo: eso no te define. Tampoco te define dónde naciste, ni si hoy contás con recursos, ni de dónde venís. ¿Con qué estás luchando hoy? Atravesé las adversidades y las fui superando, una por una. Hoy me encuentro por entregar mi tesis, pude crear mi diario, doy clases, brindo charlas, y sé —porque lo viví en carne propia, como tantos jóvenes lo viven hoy— que crear ámbitos genuinos de escucha y acompañamiento puede torcer el rumbo de una vida.
No podemos resignarnos a las cifras alarmantes de depresión o aislamiento. El juego, la escucha y el abrazo a tiempo son actos de resistencia. Como reflexionaba el pensador y político Antonio Gramsci (1929), frente al «pesimismo de la inteligencia» debemos oponer siempre el «optimismo de la voluntad». Porque enseñar a cambiar las estrellas es, en el fondo, devolver aquello que alguna vez nos salvó: la certeza inquebrantable de que alguien, al otro lado del puente, confía en que podemos lograrlo.
La verdadera pregunta no es cuán oscuro está el cielo bajo el que nacimos, sino si tendremos el coraje de ser nosotros quienes encendamos la primera luz. Al final del día, ¿qué estrellas vas a reescribir hoy?
Referencias
- Arendt, H. (1958). La condición humana. Paidós.
- Bourdieu, P. (1989). El poder simbólico. En O poder simbólico (pp. 7-12). Difel.
- Castel, R. (1997). La metamorfosis de la cuestión social: una crónica del salariado. Paidós.
- Cutrona, M. (2026). Resumen sobre los efectos de la manipulación emocional promovida a través de las redes y el gobierno de los algoritmos. Revista El Hormiguero Psicoanálisis ◊ Infancia/s y Adolescencia/s, (Novena Edición). Universidad Nacional del Comahue (CURZA).
- Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. (s.f.). Voto joven. Recuperado de la información sobre la Ley Nº 26.774 de Ciudadanía Argentina, sancionada el 31 de octubre de 2012.
- Gramsci, A. (1929). Cuadernos de la cárcel.
- (s.f.). Participación y liderazgo: Guía Operativa. Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.
