Hay una verdad incómoda con la que tropezamos a diario, una paradoja cruel y hermosa al mismo tiempo: todo lo que agarramos con demasiada fuerza, termina asfixiándose en nuestras manos.
Vivimos en una época que nos exige tener todo bajo control. Creemos que si somos lo suficientemente «perfectos», la vida nos premiará y nadie se irá de nuestro lado. Ya sea en la construcción de un matrimonio, en la crianza de los hijos, o en la búsqueda de nuestra propia identidad, solemos cargar con el peso de expectativas inmensas.
Frente a esta epidemia de ansiedad, el reconocido psicoanalista y escritor Gabriel Rolón nos invita a detenernos. A través de su experiencia clínica, desmenuza la ilusión del control y nos propone un cambio de paradigma urgente: dejar de apretar los puños y animarnos a abrir las manos.
La jaula del control y los vínculos asfixiados
Muchas veces, detrás de la autoexigencia extrema, se esconde un miedo profundo a la pérdida. En las relaciones de pareja, por ejemplo, solemos confundir el amor con la posesión. Nos han enseñado a retener, a vigilar y a celar bajo la falsa idea de que eso demuestra interés.
Sin embargo, Rolón es categórico: la dependencia no es amor, es una jaula. Cuando una persona vigila los pasos de su pareja por terror a perderla, o cuando un padre o madre asfixia a su hijo intentando evitarle cualquier dolor o «salvarlo» de sus propias decisiones, lo único que logran es alejar a esa persona. El amor necesita aire. Implica el riesgo enorme de saber que el otro es libre y puede irse, y la valentía inmensa de amarlo igual, eligiéndose mutuamente cada día, sin obligaciones.
La esclavitud de la mirada ajena y la aprobación permanente
¿Cuántas veces modificaste tu forma de ser, tus gustos o tus opiniones solo para gustarle a alguien? ¿Cuántas veces traicionaste tus propios deseos para encajar en lo que un grupo, una pareja o la sociedad esperaba de vos?
Rolón advierte sobre uno de los grandes males de nuestro tiempo: la necesidad de aprobación permanente. En un mundo donde todo se mide en visualizaciones, fotos perfectas y validación externa, nos estamos olvidando de quiénes somos. Vivir buscando la aprobación de todos es la manera más rápida de nunca obtenerla. Soltar también significa apagar el ruido exterior, dejar de ser esclavos de la mirada ajena y animarnos a ser quienes somos. Si alguien no nos elige así, como somos de verdad, simplemente no es para nosotros.
El veneno del rencor y la trampa del sufrimiento
A lo largo de la vida, perder a alguien, atravesar una separación o ver cómo se derrumba un proyecto genera una herida profunda. Ese dolor es real, legítimo y necesario. Sin embargo, Rolón traza una línea fundamental: el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.
El sufrimiento es esa carga extra que nosotros le agregamos al dolor cuando nos resistimos a aceptar lo que pasó. Es el «por qué a mí», es vivir revolcándose en el «y si hubiera hecho esto…». Muchas veces nos quedamos apegados a la herida, revisitándola una y otra vez mediante el resentimiento. Creemos que al no perdonar estamos castigando a quien nos lastimó, cuando en realidad, como ilustra Rolón, «el resentimiento es como tomar veneno esperando que le haga daño al otro; el único envenenado sos vos».
No perdonar no castiga al otro, sino que nos encadena a un pasado que ya no existe. Soltar el rencor no significa darle la razón al otro, justificar el daño ni borrar la memoria. Significa decir: «Esto pasó, me dolió, me marcó, pero ya no le voy a dar el poder de arruinar mi presente». Es un acto absoluto de liberación personal.
Aceptar no es rendirse: el poder de la actitud
Existe el mito de que «dejar ir» es tirar la toalla. Nada más alejado de la realidad. Soltar requiere de un coraje monumental, porque nos enfrenta a la aceptación.
No podemos controlar lo que hacen los demás ni podemos evitar que la vida nos golpee. Pero, como enseñaba Viktor Frankl, siempre podemos elegir nuestra actitud frente a lo inevitable. Aceptar es reconocer que las cosas son como son, y no como nosotros exigíamos que fueran. Cuanto más peleamos contra una emoción o nos aferramos a la nostalgia que nos paraliza, más nos desgastamos.
Preguntas para el espejo
Para iniciar este proceso de liberación personal, te invitamos a hacerte estas preguntas y dejar que resuenen:
¿Qué estás sosteniendo hoy con tanto esfuerzo que, en realidad, te está hundiendo?
¿A quién no estás pudiendo perdonar, y cuánto te está costando cargar con ese rencor todos los días?
Frente a esa situación que ya no da para más, ¿qué es lo peor que puede pasar si la soltás? Y, sobre todo… ¿qué es lo mejor que puede pasar?
La libertad de dejar de buscar
No somos frágiles de cristal. Ya hemos sobrevivido a nuestras peores tormentas y seguimos de pie. Cuando finalmente nos animamos a soltar el control absoluto, a perdonar lo que ya pasó y a liberarnos de la necesidad de ser perfectos para los demás, no caemos al vacío: empezamos a subir.
La paz interior no es la ausencia de problemas, sino la certeza profunda de que, pase lo que pase, vamos a tener la capacidad de salir adelante. Como nos recuerda Rolón, dejar de buscar con desesperación, abrir las manos y confiar en nuestro propio valor es, quizás, la forma más honesta de permitir que las cosas buenas, por fin, nos alcancen.
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